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Llevo algún tiempo en la ciudad.
Descanso.
Un
infernal ruido de motores insiste en explicarme
que la
ciudad no está hecha para el recuerdo,
y
mucho menos para el descanso,
el
recuerdo es cosa de la aldea
y el
descanso cosa de gandules.
¡Bendita
soledad la de la aldea
permanentemente
paciente y silenciosa!
La
ciudad es una gran máquina absurda
creada
para abrir futuros sin memoria,
capaz
de desprenderse de la historia
como
si la historia fuese un sueño,
un
sueño que no importa.
Así es
la ciudad.
Yo
vuelvo a ella con la vista puesta en el pasado,
y
recorro los parques con la ilusión de ver al jardinero, con la mangarriega,
regando
los jardines,
y al
guardia de la porra persiguiendo al niño que rompió un farol con la pelota,
-
romper un farol con la pelota es solo cuestión de puntería,
como
meter un gol -
siempre
creí que el guardia, en vez de aplaudir en la cara del niño,
debería
premiarlo,
aunque
solo fuera por lo del gol.
¡Cuántos
buenos futbolistas salieron de esos centros que son los parques públicos!.
En mis
tiempos,
además,
no
había otra cosa para jugar al fútbol,
bueno,
sí,
podías
ir a la plaza del carbón,
pero
te ponías perdido,
estaba
llena de agujeros para poder tropezar
y
tropezabas.
Los
parques eran otra cosa,
estaban
mejor preparados y no tenían baches para poder caerte.
Cuando
voy a la ciudad espero encontrarme con el vivo retrato de mi padre,
-
muerto allá por el 62 -
pero
no lo encuentro.
la
ciudad cambió mucho desde entonces,
y como
yo me estoy poquito a poco yendo,
pues
noto mucho el cambio,
¿cómo
voy a encontrarme entonces con el vivo retrato de mi padre?
La
ciudad no es buena para recordar,
apenas
queda un tramo de muralla,
un
tramo de aquella muralla antigua que,
- al
decir de los por entonces viejos -
habían
construido nuestros antepasados para defenderse de los invasores
y que
sirvió también,
más
adelante,
de
paredón furtivo
para
llevar a cabo algún fusilamiento,
“por
eso de mantener ligeramente viva la llama de lo justo”.
De
momento no tengo interés en recordar más cosas y...,
me voy
a la aldea,
me
dijeron que allí es todo muy distinto
y la
vida se ve de otra manera,
además,
los
ruidos infernales de los motores,
propios
de la ciudad,
y
otros ruidos propios también de la ciudad,
no se
oyen.
Allí
solo se oyen los cantos de los pájaros
y,
tal
como hicieron siempre,
mientras
el arrebol de sus mejillas
denuncia
claramente el ardiente candor de sus torpes miradas,
- todavía
inocentes y en nada licenciosas -
en los
pajares,
se
siguen arrullando a escondidas y a solas,
las
jóvenes parejas.
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